Era el 11 de agosto de 1911.
Un año antes, en 1910, y tan solo dos años después de que, por primera vez, volase en Europa un aeroplano, el piloto francés Leoncio Garnier intentó llevar a cabo una exhibición de vuelo en el ‘aeródromo’ del llamado Campo de las Praderías, que podemos situar, en el Gijón de hoy, más allá de Las Mestas, entre la Guía y la Universidad Laboral. Se dice que años más tarde, durante varios meses de la guerra civil, en ese mismo lugar se habilitó un campo de repostaje para la aviación republicana. Pero en aquél 1910 el espectáculo estaba anunciado como ‘Fiestas de la Aviación’ y programado entre el 4 y el 15 de setiembre.
Leoncio Garnier llegaba aquel año a Gijón después de ¡asombrar! en Biarritz con «un vuelo de 21 kilómetros y alcanzar una altura de 300 metros».
Traía un aeroplano Blériot XI (envergadura: 7,79 metros; superficie de las alas: 14 metros cuadrados; longitud: 6,2; altura: 2,69; peso: 230 kilos) equipado con un motor Picard de tres cilindros de 25 HP al que él mismo había adaptado un sistema de refrigeración por agua. No tuvo suerte el valiente piloto pues no pudo concluir a tiempo el montaje del avión y su puesta a punto para iniciar el primer vuelo de prueba, previsto para el sábado 3, ni tampoco para el domingo por la mañana, ya que por la tarde se iniciaban los vuelos oficiales.
No obstante, aquél domingo 4 de setiembre de 1910, el público acudió en gran número a Las Praderías con la advertencia, en anuncios en prensa y programas de mano, de que «en las experiencias aviatorias (sic) hay que contar con agentes atmosféricos y mecánicos, completamente ajenos a la voluntad del aviador. Debe, pues, el público acudir al espectáculo dominando la natural impaciencia, haciéndose cargo de las dificultades que ha de vencer el aviador». Según crónicas de aquellas fechas, desde primeras horas de la mañana se vio un inusual movimiento de forasteros, llegados en trenes y autobuses de todas las principales poblaciones de Asturias, principalmente por tren, y especialmente de la capital donde los trenes con destino a Gijón fueron reforzados con mayor número de vagones de viajeros. Ya entonces en su primera exhibición en Gijón, la aviación promovía una gran atracción.
A las cuatro de la tarde, hora prevista para el inicio de los vuelos ya se encontraban en Las Praderías más de cuatro mil espectadores: «Vistosas y elegantes toilettes femeninas de claros colores daban una nota brillante a palcos y tribunas. Tranvías, coches y autos llegados de todas partes de la provincia, y algunos de fuera de ella, desbordaban centenares de espectadores, que se esparcían por el campo de aviación, ávidos de presenciar los emocionantes vuelos», contaba alguna de las crónicas del día siguiente.
Aquel primer día Garnier salió con su aparato y realizó diversos intentos. Recorrió diez o doce veces la longitud del campo con intentos de despegue que sólo conseguía durante breves segundos y a poca altura para tocar tierra de inmediato, una de las veces aparatosamente de morro, por lo que hubo que anunciar al público que se suspendía el espectáculo hasta el día siguiente.
Pero tampoco hubo suerte después. Los mecánicos y el propio Garnier no pudieron corregir los fallos y el intento del Círculo Mercantil de contratar un piloto y avión alternativos para no suspender el amplio festival programado, no tuvieron éxito. El festival aéreo quedo aplazado hasta el año siguiente.
A finales de aquél mismo año de 1910, el joven gijonés Mariano Pola, que pretendía experimentar sus capacidades de piloto de aeroplano para venir a Gijón y ser el primero en sobrevolar con un avión su ciudad, sufría un trágico accidente y fallecía en París.
Fue por fin en 1911, el próximo año cumplirá su centenario. Agosto, fiestas de Begoña. Campo de Las Praderías. En la mañana del viernes día 11 deberían llegar a la ciudad los aviadores Lacombe y Rankonet, pero solamente lo hizo Lacombè pues tras sufrir un aparatoso accidente en Pau (Francia) y averiar fuertemente su avión Rankonet hubo de ser sustituido y para ello la organización contrató a Leoncio Garnier quien llegó a Gijón en la noche de aquél mismo día. Y lo hizo con un modelo de aparato actualizado, con respecto al que había traído el año anterior, el llamado Blèriot XI Canal de la Mancha, así denominado por haber cruzado por primera vez el paso marítimo entre Francia e Inglaterra.

La expectación mayor era por ver volar a Pierre Lacombe en su Deperdussin monoplano de 30 HP. El jovencísimo piloto acababa de realizar la proeza de recorrer ‘el circuito del Este’, 160 kilómetros de longitud sin escalas a una velocidad máxima de 116 kilómetros por hora. Sin embargo, días antes, en Mourmelon, se le paró en pleno vuelo el motor a una altura de 60 metros y el aparato inició un picado que Lacombe logró dominar cerca del suelo en una maniobra que fue tratada de heroica por la prensa de la época. Así que el público estaba ilusionado en ver actuar a Lacombe, pero el piloto más motivado para buscar el aplauso de los gijoneses era Leoncio Garnier, que esperaba compensar a los espectadores por la frustración del año anterior.
Promesa cumplida. La casualidad vino a favorecerle en su intento, porque el aparato de Lacombe, desarmado, embalado y facturado en París, se perdió en el trayecto. Y fue el sábado día 12 de Agosto de 1911 cuando finalmente Garnier consiguió ser el primer piloto en volar un aeroplano en Gijón. –( el primer hombre en volar sobre Gijón había sido realmente el felguerino Jesús Fernández Duro, en julio de 1906, pilotando su globo Cierzo)- Las crónicas del domingo 13 de agosto de 1911, lo contaban así: «El aviador Garnier ha cumplido su promesa y se ha reivindicado ante los gijoneses de su mala fortuna durante el pasado verano. Ayer, desde el aeródromo de la Guía, hizo magníficos vuelos ante gran concurrencia de invitados y de curiosos, que los había a centenares».
Cuando sacaron el Blèriot XI del hangar, Garnier se precipitó a su asiento y sin recorridos de prueba, en la primera carrera hizo ascender el aparato entre grandes aplausos de la concurrencia. Ascendió de primera intención -decían los cronistas- a unos cien metros y practicó hermosos virajes alrededor del aeródromo. Cinco veces recorrió el círculo del prado de Las Mestas y alcanzó diferentes alturas, hasta los 250 metros. Después, entre una ovación formidable, aterrizó. Tras un breve descanso, volvió a elevarse para sobrevolar Gijón. Alcanzó primero una altura de 150 metros y tras un viraje sobre el aeródromo, tomó la dirección a la villa.
Llegó hasta Begoña, donde estuvo a 320 metros y cuando iba a continuar hasta la calle Corrida, para arrojar unas octavillas de saludo, una ráfaga de viento le obligó a cambiar de rumbo. Pasó así por encima de la playa San Lorenzo y regresó al aeródromo, donde aterrizó después de un planeo inteligentísimo. Concluía así la primera gran jornada de exhibición aérea en la historia de Gijón.

Al día siguiente, domingo 13 de agosto, repitió Garnier su ascensión a los cielos, nos siguen contando los cronistas locales, no solamente sus impresionantes vuelos, sino el anecdotario surgido por la afición taurina del piloto francés y la presencia en la plaza de toros de El Bibio de un torero muy admirado por el piloto: Vicente Pastor, “el Chico de la blusa” y la sorpresa, admiración y entusiasmo que causó Garnier cuando apenas comenzada la corrida sobrevoló el coso y lanzó sobre el ruedo un ramo de flores con un mensaje de admiración y aliento para los valientes del ruedo y que decía: “Saludo a Vicente Pastor, el más bravo de los toreros españoles, el coloso del gran arte nacional; y le envío desde estas alturas, mi pensamiento de admiración y simpatía. Yo, luchando en los aires, siento deseos de llegar a asomarme al circo donde él triunfa con el imperio del arte y de valor, para unir mi aplauso al delirante aplauso de las muchedumbres. Mi saludo es un homenaje a su destreza. Saludo también a los demás valientes lidiadores, para todos deseo muchos triunfos”».
Aquel gesto de Garnier tuvo su continuidad con la visita del torero al aeródromo para saludar a Garnier, quien invitó al diestro a subir con él al aeroplano y ver Gijón desde las alturas. No se arredró Vicente Pastor y subió al Bleriot XI volando quince minutos con Leoncio Garnier. Parece que Vicente Pastor, tan pronto estuvo con los pies en tierra, poniendo su mano en el hombro del piloto, mientras les hacían una fotografía al lado del avión, le dijo: «Ahora correspondo a su gentileza y le invito a que acuda a retratarse al lado de mi primer toro de mañana». «Si es después de estocarlo usted, acepto», parece que replicó Garnier.
Desde 1906, Gijón ha vuelto a recuperar aquel espectáculo y con brillantísimas exhibiciones de aeronaves civiles y militares, consigue que la ciudad sea meta de miles y miles de forasteros que acuden a presenciar las acrobacias aéreas que cada último domingo de julio concentran a más de trescientos mil espectadores, constituyéndose en el festival aéreo más frecuentado en una sola jornada Quienes disfrutamos con este grandioso espectáculo, damos las gracias a sus patrocinadores: Ayuntamiento de Gijón, Ejército del Aire y CAJASTUR..